Sobre Betina Edelberg


Tomás Eloy Martínez

comenta “Crónica Menor” en “La Gaceta”, de Tucumán
(5 de Mayo de 1957)



Apenas comienza uno a recoger los testimonios de esta “Crónica Menor” siente sobre sí el peso terrible e insoslayable del tiempo, advierte cómo él tiende sus fuegos para consumir nuestra vergüenza dilapidada entre la vacilación y el odio, y finalmente, ama su implacable eternidad, sus turbadoras lanzas a las que es posible adelantarse siempre con sólo escribir “mañana” en los mismos sitios donde el orgullo, la distracción o la indolencia habían ya anunciado nuestra caída.
El tema del tiempo y el de la acción, continuamente repetidos como un llamado inexorable, iluminan en “Crónica Menor” la conciencia de una generación enfrentada a la injusticia, la espera, el éxodo y el cautiverio; ¿De qué manera expiar, entonces, la culpa que la inacción y los días perdidos impusieron?, ¿De qué manera despertar en quienes vengan, / en quienes ya vienen, / el duro premio de un perdón? Transfigurarse, ”atravesar las mutaciones”, “anticiparse a lo que puede suceder, a lo que siempre sucede” , son tan sólo armas en nuestras manos para intentar un nuevo comienzo, un reencuentro, que quizás sea – otra vez – cautiverio y espera.
Esa indagación de las causas que impusieron postergaciones y desamparo “a los jóvenes profetas, a los estudiantes del 43 y del 45, a los que padecieron estos doce años” – para quienes está dedicada la segunda parte del libro -- , persiste como actitud en los restantes poemas, extendida esta vez a toda la realidad argentina: la búsqueda de nuestras raíces espirituales a través del descubrimiento de una sola conciencia en la poesía de la poetisa misma- constituye para Betina Edelberg un acto de amor; la vida doméstica, la nostalgia, el silencio, el olvido, la costumbre, los cambios, fluyen con amplio aliento en esta poesía desnuda, casi libre de imágenes, clara y plena de serenidad, para terminar una cruel historia reciente.
Acaso un solo nombre o una sola palabra- olvido- hubiera bastado para decir todo: sólo nuestras voces perdidas quedan / y una amistad que no se nombra / ya / hasta el día en que seamos / secreto, / solitario olvido, / nada más de cuanto fue. Pero antes la propia poetisa advierte que es preciso dar testimonio de la verdad, “padecer la culpa” , abatir al tiempo. Estimo que es posible controvertir algunos términos de la implacable realidad que Betina Edelberg expone; que es posible inclusive disentir con la enumeración que de nuestra culpa hace. Estoy seguro, en cambio, de la perdurabilidad de su poesía.

Tomás Eloy Martínez